Navidad o Sospecha de pulgas

Mientras él cargaba las cajas en su camioneta para volver al hogar, Janine aprontaba los tacones llorisqueando de sueño y trasnoches de disguto y obligación. – Hoy no quiero trabajar repetía empacada con el maquillaje apunto de correr. Él le dio el dinero de dos clientes y se fue. Esa noche Janine tampoco durmió miraba al techo donde un ejército de hombres ingratos desfilaba bajo el trono de un único campeón.

En casa de Charles siempre es Navidad, no más al llegar una gran carpa corona el jardin junto a una cantidad de sillas y banderas dispuestas a la derecha de la huerta que anuncian días de visitas y permanente festín.

Para Charles esta es su trinchera y Fred su capitán.

Apenas llego me cuentas las historias de cuando una vez pretendían conquistar Colombia, pero gringos sin remedio debieron volver alentados por la guerrilla y dejando una tierra olvidada en Santa Martha que alberga la ilusión de un posible retorno.

Mientras me cuentan de un médico brujo, un tratamiento de fertilidad en la selva y la añoranza de aquellos días, yo me acomodo para entender lo que dice Charles, en ese balbuceo de dentadura y postiza, grito y jerga de bretón. Fred me habla de los vestidos de su vida y me los empieza a regalar. Soy los treinta años de Fred, morocha, petisa y sudamericana. No son las doce y Papá Noel ya estuvo acá.

Los días que iban de la feria a la casa de Provins no transcurrían nunca de la misma manera. Incluso aveces cuando el verano nos recordaba la lejanía del mar, Federica empacada decidía hacer llover, habitualmente luego del almuerzo. Una habilidad venida de un pasado tribal, de vikingos medios germanos que usaban las fuerzas para detener las tormentas que azotaban en alta mar. Era algo que no podía controlar. Al punto que las gotas le caían directo de un cielo completamente abierto donde siquiera una blanca nube tenía el coraje de pasar. – Me llueve el café, ¡qué cosa es esto, Señor! Pero era ella que amainaba el calor de agosto preparando la siesta del lugar.

Habian elegido la vida del brocanteur, curraban en las pulgas los fines de semana y así vivían el resto del año regidos por el calendario de mercados extendido a lo largo y ancho de Francia. Recolectaban historias, compraban y vendías pedazos de vida, recuerdos de quienes pasaban por Provins o se acercaban a su puesto de Clignancourt. Más de treinta años descendiendo de Bretagna al suelo nivelaban la visión.

Supe así que el brocanteur deviene más tarde o más temprano en deposito de aquello que otro no pudo tirar a la calle, eso que no quiso dejar en una esquina olvidada. Guardián de objetos, de obsequios de bodas apuradas, amores olvidados, familias dispersadas, viajes forzados, mudanzas repentinas y anticuarios despreocupados; desplegaban su vida como sus puestos decorando el terreno, dejando pasajes libres en medio de jardines donde entre las plantas se podía encontrar maquinaria destartalada y otros tesoros de valor incalculable para el ojo inexperto.

El día comenzaba cuando la noche aún no se había ido, con el primer café de Janine y la noche terminaba en una gran cena en el jardín adonde se podía encontrar a Juanito, el gitano moro, Stephan, el especialista en arte precolombino, David, el patinador frustrado, Ibsmir, el emir destronado y el lector de manos que siempre mentía su nombre junto a una serie de niños que pasaban a picar lo que encontraban en los bolsillos de los borrachos.

Al rededor de esa gran mesa Fred era la reyna de Provins, a sus cincuenta años conservaba una risa hippie que endulzaba esa foto de rostro duros repletos de arrugas que son grieta y cascada en la frente de quienes llevan años cargando la herencia de miles de muertos que buscan nuevas extensiones de sus viejas historias.

Fred sabía que todo iba camino al final. – Esa esquina no estará más. Ya nadie le pagará a Janine para que no se vaya a prostituir, el coleccionista de objetos africanos volará a España o se instalará en América, nadie recordará la historia del pintor de murales que cada noche devolvían cual paquete a su hogar, Tobi el gitano tonto dejará sus antiguedades a algún bazar donde le darán el 10% y quizás no le importe cuando todo sea shopping, centro comercial, anticuario para ricos y seguridad.

Y quizás, porque no, en una vitrina entrando a Saint Antoine, bajo las luces de neón, un brocanteur deshilachado, de sombrero alado y estridente bigote se vea representado en cera con una placa que contará una historia falta de verdad.

Los pescadores de luna hacen de la noche, escondite del olvido, un arcoiris de opciones vivas donde los recuerdos salen a hacerse ver. Esos mismos que Charles mañana volverá a ofrecer, cuidando en detalle si el posible dueño es un digno merecedor o no. Así es como los objetos pueden variar de precios por debajo de su valor original o montarse a escalas inalcansables de manera expresa y sin explicación.

– Mi estrategia cuando viene un cliente es tratarlo mal, si vuelve…ahí sí hablamos de precio y puede que hasta me de la loca y se lo quiera regalar.

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