No le robaba nunca, nada a nadie, a nadie en especial. (…)

Desde hace dos días que siento la necesidad de venir por acá. Así como lo estoy haciendo hoy, un domingo, temprano, sola, con el mate recién armado, mi pareja durmiendo y el privilegio de esta soledad que siempre me hizo compañía.

Yo ya no escribo, no estoy escribiendo desde hace rato. Pienso textos y los agoto en mis insomnios, los adormezco entre mis siestas y las idas al baño; se pierden en la nada antes de llegar al papel. Durante un año conversé con mi terraza y eso me parecía bien, me parecía un gesto suficiente. Pero el entorno me hablaba de una posible obra, de continuar, desarrollar, de darle forma…

—¿Y ahora, qué estás escribiendo?

Esa pregunta duele y vos te entrenás a responder, a inventar… y al final un día contestás, mezcla de rabia y resignación:

—No, yo no escribo, no estoy escribiendo nada. Nada.

Pero hace dos días, la muerte de un poeta, un músico, un activista, un revolvedor de almas, un símbolo, una excusa, una época, me condujo hasta acá. Carlos Alberto Solari murió a los 77 años, enfermo de Parkinson, dos días antes de un recital.

—¿Cómo se llama este músico? —me preguntó un amigo francés.

No supe contestar.

—Indio, le llamamos Indio.

Y en ese instante de amnesia confusional, un sentimiento me partió el pecho y el cuerpo se disipó en algo más grande que yo. Miré mis partes quebradas y tuve que agacharme, con esa elegancia artrósica, para recogerme, sentarme y entender. Se había muerto el artista más conmovedor de mi generación y yo estaba a miles de kilómetros, sola como nunca lo estoy, más sola que jamás, sola de una soledad que no tiene nombre. Sin un abrazo capaz de compartir esta herida.

Miré el teléfono esperando que alguien se despierte. Mi mañana se debatía entre poner su música en mi taller, cantar gritando, llorar intentando no mojar mis papeles e interrumpir la música esperando que alguien responda en Uruguay.

¿Estaba llorando sola?

La muerte del Indio Solari me hizo sentir lo que es ser inmigrante. Me dieron ganas de mandar todo a la mierda y volver. Sacarme un pasaje ya, dejar una esquela en la cocina y salir corriendo a tirarme de lleno en los brazos de una amiga.

Qué pena que ya no escribo, me decía mientras cortaba papelitos. Esa pregunta arremetedora que se repite cada semana me hace sentir que hago collage para justificar el hecho de que en la hoja ya no tengo nada que decir.

¿Para qué escribir si no me pasa nada?

Poco a poco, los amigues se fueron enterando y los mensajes empezaron a viajar: emoticones que no lograban sacar palabra, mensajes en llanto que traían anécdotas, risas, ridiculez.

—¿Te acordás cuando nos dormíamos escuchando a los Redondos en la pensión de calle Durazno?

Y claro que se acordaba.

—Me serví un whisky, anulé las clases y acá estoy cantando y llorando.

—¿Estás nostálgica, que compartís temas de los Redondos? —me dice otra amiga.

Y yo, como siempre, ángel negro llevando a la parca pegada a la lengua…

—Se murió el Indio.

—Boluda, estoy llorando en la dirección del liceo, nadie entiende nada.

En la radio pedían que la gente no maneje llorando mientras miles de personas comenzaban a juntarse en Plaza de Mayo. “Yo me hice militante y no terminé muerto como mis amigos, contaba un pibe en Plaza de Mayo”. Cuadras de niños llamados “Indio”. Milei intentó reprimir a los primeros, pero la gente siguió llegando y, por la noche, era un mar de gente cantando, saltando y llorando al mismo tiempo. Desconocidos que se abrazaban con el consuelo de saberse rodeados de hermanes. De una familia que acompaña a quienes no la tienen, esa otra familia donde un día te sentiste comprendida.

Allí, juntes, saltaban todes los que no estaban mirando las flores desde abajo. En el aire, brazos que sostenían sillas de ruedas, que se abrían paso para que pasaran las abuelas. Los más pueblo y también todes eses que entendieron que el lujo es vulgaridad y salieron para unirse a la masa. Ahora con sus hijes, con sus nietos, vistiendo camisetas, con banderas, con pancartas de Walter Bulacio.

En la radio fueron varies los periodistas obligados a informar con la garganta partida; en la tele, la mirada fija, perdida en el desconcierto, en la orfandad que se siente en una América Latina derechizada que cubre al mapa de miedo, amenazada por el odio, donde un Indio Solari seguía siendo un gesto de esperanza.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, un nombre intraducible al francés, y ni falta que hace, fue la mejor banda que salió del under del Cono Sur. Cada integrante tenía un talento único: la capacidad de hacernos reconocer un riff de Skay, la batería de Sidotti, una nota del Semilla, un dibujo de Rocambole. Pero, sobre todo, un mensaje que dar; un mensaje que no era explícito, que no se explicaba, que se desvivía de imágenes y dejaba al fan elegir su propio camino.

El Indio nos dejó interpretar, nunca nos subestimó. Nos pidió hermandad, sororidad; nos pidió que nos hiciéramos un ADN; nos habló de su enfermedad.

Los Redondos fueron fieles a sus convicciones. Nunca firmaron con una disquera internacional. Movieron masas de gente, porque ya no puedo decir jóvenes, ya que los Redondos se volvieron un movimiento intergeneracional.

En 2001 decidieron parar, por uno o por tantos motivos, pero yo quiero creer que pararon porque ya lo habían hecho todo. Porque de los clubes con teatro y recitados habían pasado al pogo más grande del mundo, y había que ponerle un punto a un fenómeno imposible de controlar.

Hermoso fue verlo, vivir ese pogo, sentir que en la opulencia existía la coherencia, la sencillez, la solidaridad. Y poder hoy seguirse conmoviendo, sentirse juntes en el dolor y cantar. Porque donde hay dolor, habrá canciones. Y nosotros tenemos melodías para rato.

Ojalá que este golpe nos ayude a renovar la esperanza, porque aún precisamos más Oktubres para romper las cadenas.


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