
Una enfermedad crónica fue lo primero que supe tener para toda la vida. Después de más de veinte años de menstruar me diagnosticaron Endometriosis, una enfermedad generalmente poco conocida y mal diagnosticada que produce el desarrollo desmedido del endometrio tanto adentro como afuera del útero trayendo como consecuencia dolor a nivel de pelvis y riñones así como un hormigueo pesado en las piernas. Cambios de humor, angustia, fatiga, problemas a nivel digestivo y urinario son habitualmente vinculados a ella y finalmente la infertilidad o en algunos casos cáncer.
Tengo treinta y cuatro años, estuve embarazada una vez, no tengo hijos, mi primer menstruación fue el 25 de mayo de 1992 mientras miraba “Hola Susana” a escondidas de mis padres, en la tele todos llevaban escarapelas patrias, desde entonces mis menstruaciones son simplemente, insoportables.
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Es sábado, todavía vivo en un sexto piso del barrio Les Lilas, hace frío y tengo una reunión on line. Me llaman, en la compu suena la musiquita de Skype, miro la pantalla y no sé cómo responder, respiro, dudo, me angustio y miento.
– Disculpá, la compu me anda mal. ¿Hablamos por whatsapp?
– Ok.
(Creí que sin imagen podía disimular mi estado.)
Me siento, me paro, hago fuerza contra el piso, miro el árbol que casi tiene la altura del edificio, que fortaleza pienso. Por casi diez minutos escuché lo que me decía mi socio del otro lado de la línea del otro lado del mundo, hasta que me di cuenta de que no tenía ni idea de qué me estaba hablando, una voz enlentecida y disonante llegaba hasta mí como desde el fondo de una profunda pesadilla.
– Pará, tengo un problema, me siento…(Explosión)
No sé cómo pasó pero ya no pude hablar, lloraba a mares, no se lo podía explicar, corté la llamada y me tiré al suelo. De ahí en más la charla se limitó a un intercambio de mensajes de voz donde él me daba instrucciones para hacer ejercicios de respiración y yo de este lado del teléfono lo seguía en cuclillas, «apretá las nalgas, respirá, aflojá, estirá, apretá de nuevo, respirá, aguantá…»
Cortamos los mensajes cuando ya era mucho, mucho tiempo, mucha sangre, mucha vergüenza e incesantes intentos de disimular.
– Quedate tranquilo. Me agarraste justo en un estallido pero no es nada, ya se me pasa.
Cómo es de esperarse al cortar la comunicación seguía en el suelo, despacito me tiré sobre un costado y allí quedé, apretando las rodillas contra el pecho, abrazando mi sentimiento de incapacidad.
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Años antes de esto, aquella primera tarde de soledad de mis diez años salí hasta el kiosko de Ana y le pedí una toallita femenina con cara de mirá que grande que estoy. Volví a casa y llamé a mamá, le dije: me vino, es roja, ya la vi. Papá llegó con una rosa de tela, creo que estaba emocionado.
De los años que siguen tengo una idea muy difusa de lo que pasó, hasta que cumplí trece, de allí en más sería otro cantar. Papá me acompañaría por muchas menstruaciones haciéndome tés y masajes redondos en el vientre, lloraría con mamá sin razón y probaría todos los medicamentos de moda para calmar el dolor. Pasé toda la secundaria manchando los bancos de las aulas, los asientos del transporte público, los pantalones…A veces me levantaba como diciendo que eso no era mío y me iba.
Recuerdo especialmente una tarde de mis quince años en ese calor insoportable del norte uruguayo que decidí ir al médico. Cuando me encaminaba al sanatorio noté que por más actitud que ponía los calambre no me dejaban caminar así que fui en scooter, pero en el camino entendí que tampoco podía manejar, porque al pasar un pozo el reflejo me llevaba a agacharme. Finalmente me internaron, me dieron un calmante vía intravenosa y a las horas ya estaba en mi casa sin mayor explicación.
Esta situación se repetiría algunas veces en mi vida. A los catorce años empecé a ir regularmente a una consulta ginecológica con la doctora Gabriela, ella me propuso tomar pastillas anticonceptivas, pero yo no entendía por qué tenía que condenarme a tomar hormonas cada mes si ni siquiera tenía relaciones sexuales ni perspectivas de tenerlas. ¿Tenía que ser para siempre? De todas formas acepté tomar un tipo de pastillas más livianas que regularizaban el periodo y en cuanto a la frecuencia esto mejoró, la cantidad disminuyó pero los dolores continuaron insistiendo.
En la víspera de mis diecisiete años empecé a leer todas las consecuencias secundarias de tomar pastillas, por ese entonces la madre de una amiga hizo una trombosis y la idea me hizo cada vez menos gracia. Alguna que otra vez acepté tomarlas, pero perdía por completo mi sangrado, y un sentimiento de carencia se apoderaba de mí, me sentía menos mujer.
Por mi mente pasa la imagen de varios baños, varias duchas, varios patios y finalmente una cama con una toalla como sábana y yo dejándome sangrar sin control, yéndome a chorritos cansada de tanto cambiarme, agotada de tanto heder y limpiar.
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Tenía dieciocho años, me había ido de la casa de mis padres y de tanto en tanto “la ponía” , bastante poco debo reconocer. Mezcla de poco agraciada y un débil tacto para la sensualidad, disimulaba mis carencias con simpatía. Bajo esta misma ocultaba esa perturbación que por ese entonces me ocupaba diez días de cada mes, algo que por un buen tiempo me mantuvo al límite del celibato.
Por más de veinte años viví bajo el convencimiento de que el dolor era inherente a la condición de ser mujer. Pasé la mayor parte de mi vida convencida de ser ciclotímica, de tener problemas de circulación sanguínea, mirándome con lástima. Claro que en el medio descubrí que podía hacerme cócteles de calmantes y así me levanté. Porque desde muy niña tuve claro que la menstruación no iba a ser impedimento para una vida plena. Yo no dejé de andar a caballo, montar en bicicleta, lavarme el pelo en invierno o comer limón, no, yo no nací bajo con los fantasmas de otras épocas. Soy parte de esa generación que solo puede ser fuerte, que se obliga a apretar los dientes y sonreír.
Hace unos días una amiga me decía en modo de reclamo que yo era una de esas personas que se andaba “cayendo de los puentes, llorando por los rincones”. Si bien lo de los puentes no es cierto ya que siempre he mantenido el equilibrio a pesar de mi naturaleza torpe, lo de los rincones es bastante verdad. Y me costó mucho tiempo entender que era alguien inestable, pero me obligué a vivir con eso, así que cuando no podía disimular el llanto no lo hacía, pero al menos ya no detendría mi vida por ello.
Bastante antes de sospecharme feminista sabía que la menstruación no era una enfermedad: «no se llama Andrés», «no estamos enfermas», «no estamos descompuestas ni fuera de servicio», menstruamos y esto no debería de ser sinónimo de paralización, ni de profundo dolor.
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Luego de varios maltratos, de soportar la soberbia y las horas de espera, entiendo el fastidio que me da ir al médico. Sacar numero ya me hace sentir mal. Pero de todas formas no dejé de ir, porque lo pide el carné de salud, porque daban un día libre en el trabajo, porque al fin un día tuve pareja…Por varias razones que parecen estar más ligadas a mi exterior que a mi interior. Pero en todas esas idas, incluso algunas en las que fui munida de un grupete de amigas, confirmé que nunca obtuve la más mínima explicación. Horas de espera, calambre en el vientre, llanto en puerta y al final: «tómese un Perifar». Con un poco de insistencia conseguí hacerme algunas ecografías en mi vida, todas confirmaban lo mismo: «ovarios poliquisticos, útero retroverso». Para mi retroverso era estar al revés, algo que tenía bastante sentido, pero que no alertaba a médico ninguno. El dolor era normal.
Tanto escuché esto que cuando los dolores me querían paralizar sentía vergüenza y aguantaba. No quería ser discriminada por ser mujer, ser catalogada de débil o complicada. Por un tiempo tuve un trabajo bajo condición de semipresencial y me sentí engañosamente más libre. Cuando me sentía mal podía quedarme en casa, algo que parecía ventajoso pero que implicaba que de todas formas y contra todo pronóstico tenía que trabajar.
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No hace mucho me di cuenta que la idea de que la mujer sufre se parece bastante a la idea de que la mujer debe sufrir. Una de las tantas noches que llegué a mi casa derecho a tirarme a llorar, vi pasar a mi entonces pareja camino al escritorio sin prestarme atención hasta que luego me dijo: así son las mujeres, algunos días tienen que llorar.
Y así he sido yo hasta hoy, la constitución de un montón de ideas erróneas que me decían que sentir dolor hacía parte de mi, que llorar sin sentido aparente me conformaba, así como me convencí de que los dolores en mis piernas tendrían que ver con algún tipo de problema de circulación, que la espalda me pulsaba seguramente por mi sobrepeso y así…Todo me sucedía por una especie de culpa innata, por haber nacido así, mezcla de débil y jodida. De hecho, hace muy poco alguien me dijo disimulando una afirmación en tono de pregunta, “¿pero vos estás segura de haberle insistido realmente al médico?”, tirando la pelota al otro lado de la cancha, del lado del que no tiene conocimiento, por ende no tiene el poder.
Veinticuatro años después de aquella tarde de mayo volví a cuestionarme mi dolor, ¿tengo una infección en los riñones? ¿Estoy haciendo una trombosis? ¿Tengo un problema en la ciática? ¡¿Tengo cáncer?! Y la respuesta fue contundentemente no, nada nuevo había llegado aparte del hartazgo de soportar.
Por primera vez las preguntas fueron otras: ¿A qué edad tuvo su primer período? ¿Y esos primeros años cómo fueron? ¿Tuvo amenorreas? ¿Y diarreas durante esos días? ¿Cuántos días le dura el período? ¿Le duelen las piernas? ¿Y la parte inferior de la columna? ¿Tiene dolores durante las relaciones sexuales? ¿En qué posición? ¿Usted sabe lo que es la Endometriosis?
Me tranquilicé sabiendo que no me estaba muriendo pero que tampoco era normal querer salirse de la piel cada vez más días al mes. Mamá decía que para mi menstruar era como un estado permanente. Ahora el bicho tiene nombre, se llama Endometriosis, no contagia y en algún momento me tendré que operar. Con la noticia en mano entendí que había vivido bajo el prejuicio del dolor, lo normal había operado como invisibilizador de lo importante.Y si decidí contar esta historia no es porque precise que me “consideren”, en este mismo instante hay miles que la pasan infinitamente peor que tienen menos oportunidades y que sin ir más lejos dormirán esta noche en la calle y ya no despertarán. Tampoco tengo vergüenza, yo no decidí enfermarme, no decidí que un montón de mucosa me jorobara la vida. Pero ahora puedo hablar, puedo explicarme, entenderme y deseo no volver a saber que una mujer tuvo enfrente a un profesional que sin siquiera mirarla le dijo que estaba destinada a aguantar. Alrededor del 15% de las mujeres sufren de esta enfermedad pero menos de la mitad son diagnosticadas, parece que primero nos toca ganarnos el derecho a hablar, a cambiar lo que aprendimos. A saber que sufrir con la boca bien cerrada no nos convierte en mejores minas, nos hace enfermar.
