Intento de… #METOO

Veinte años después no soy capaz de saber si esto que voy a contar pasó a mis dieciséis o diecinueve años, incluso si fue un poco después. Lo que sí sé es lo que esa noche sucedió, sé los nombres, los apellidos de los dos hombres implicados y la dirección exacta donde esta agresión tuvo lugar. Se trataba del garaje de un amigo de adolescencia al que llamábamos “la cueva”, un sitio oscuro, sucio y transgresor donde nos escondíamos para emborracharnos o fumar porro. También el sitio, donde varios de los integrantes de esta familia llevaban a sus novias para conseguir un poco de intimidad o alejarse de los ojos vigilantes de sus padres. Una pareja que recuerdo con tanto cariño, que es probable que su desaparición física me esté ayudando en este momento a hablar. Esa noche, una noche como tantas de calor y amigos en la ciudad de Salto, fundamentalmente de mortuorio aburrimiento, me dí una vuelta por la cueva, a ver qué pasaba por allí. Así fue que me encontré con M.P. que allí vivía y con P. V., un primo lejano al que recién conocí de grande. Estaban los dos tomando un vino, uno de muy mala calidad que se vendía en cajita de tetrabrick, así fue que nos criamos, rodeados de alcoholes baratos que nos hacían vomitar cada noche y nos provocaron gastritis y rosáceas desde nuestros primeros años de juventud. Pero todo esto no justifica el hecho, sino que lo decora. Yo llegué allí de la misma manera que durante años y años caminé las noches acompañada de bandas de amigos formadas muchas veces solo por hombres. Yo siempre me había sentido una igual, por lo fea, por lo gorda, por lo fuerte que me había tocado aparentar, seguramente. Pero esa noche algo cambiaría, en medio de risas y las eternas bromas sobre mi gordura, M.P. cerró la puerta de la cueva, escondió la llave y cuando se volvió hacia mí dijo “dale gorda, hoy vas a entregar”. Yo no sé cuánto duraron las escenas que voy a contar, pero sé que las agresiones se sucedieron por un lapso mayor a media hora y posiblemente menor a dos horas. En un principio P. V. se mantuvo tranquilo, mientras que M.P. continuaba a buscarme, a tirarme su cuerpo encima queriendo aplastarme contra una pared o tirarme al suelo. Con una mano intentaba detenerme mientras que con la otra amenazaba con tocarme las tetas, el culo o la concha, incluso bajarme el pantalón. Amenazaba también con sacar la pija. “Mirá, mirá gorda, si a vos te gusta”. P. V. que hasta entonces se había mantenido a la raya se sumó al juego y entre los dos intentaron inmovilizarme para besarme a prepo y que “aflojara”. P.V. tuvo cada tanto la lucidez para pedirle a M.P. que me dejara salir, pero jamás accionó en contra de este, no abrió la puerta, ni me defendió de mi principal agresor. Yo demoré varios minutos hasta que entendí lo que estaba sucediendo, que la broma había pasado a un lado peligroso y creo que fue este instinto que aumentó tanto mi adrenalina que tuve la fuerza para defenderme y salir esa noche de allí, gritando, grité mucho y el miedo a que su madre nos escuchará me ayudó a salir de allí intacta. Si a un par de moretones y veinte años de recuerdos se le puede decir así. Esa noche llegué a mi casa corriendo, temblando, pero mi amistad con M.P. que era la persona más allegada de los dos no se terminó allí, seguimos siendo amigos durante años, nos vimos en Montevideo, en Salto, conocí a sus parejas y él a las mías y finalmente tuvo una hija a la que frecuenté y quise durante toda su primera infancia. Todo pasó como una broma, “no entendiste, era joda”, “estás exagerando gorda”, “te hacés la rica”. Quizás hasta el día de hoy crea él que aún somos amigos, no lo sé. P.V. se fue del país y también tuvo hijos, entre ellos una nena fabulosa a la que sigo en las redes y contemplo con mucho cariño, sobretodo porque se parece a su madre. A mis casi cuarenta años soy capaz de entender que esa noche viví un intento de violación, que un abuso puede tomar años en ser asumido, procesado, relatado. Este hecho repugnante que ocupa un cajón de mi memoria aún hoy, no sucedió por mi culpa, no pasó porque yo tenía ganas, porque era gorda y frustrada, pero recién hoy lo puedo ver. Y me es imposible no pensar que estos dos hombres tienen hijas y quizás eso, aunque antes tuvieran hermanas, primas y madres, les ayude a mejorar y no tengan una noche de caluroso aburrimiento la necesidad de salir corriendo a rescatar a una hija adolescente borracha y violada por el mero hecho de querer ver un par de amigos. #SeVaACaer

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