XI

Me levanto y abro el placard, lo cierro, lo abro de nuevo y nada, el módem sigue girando sus luces formando un rectángulo que busca y no encuentra señal.

La mañana me la paso llamando al servicio de atención al cliente de la compañía de internet pero cuando logro comunicarme una mujer de acento magrebí me dice que están trabajando en el asunto, que no me puede responder nada más. Insisto inútilmente, ella me habla fuerte. Tiene la voz dura pero al terminar la frase un fuerte suspiro atraviesa el cablerío que nos separa. En esos segundos de silencio antes de que ella diga “señora, si no tiene ninguna pregunta más le agradezco que responda al cuestionario después del vip”, se escuchó el ruido de una habitación llena de personas.

– Estamos trabajando en el asunto, no le podemos decir nada más.
– Estamos trabajando en el asunto, no le podemos decir nada más.

En un lugar remoto de Marruecos, Túnez o Algeria, en un hub de empresas sostenidas por capitales européos una señora sigue sentada en su cubículo respondiendo las preguntas de la gente. Una señora al teléfono, una sin tapaboca a metros de muchas personas más.

Esa señora tiene una familia a la que mantener, aporta a la economía de sus padres, ella no tiene el derecho a quedarse en el hogar. Entre cinco abonados pagamos el sueldo de esa persona, una que no tendrá edad de jubilación ni derechos sociales, para ella no habrá seguro de paro cuando la empresa ya no la quiera más.

Abro las ventanas, el Mistral ya se llevó los restos del aire químico. Hoy no voy a prender la radio. Sé que lo mejor en estos casos es esperar la madrugada para que las líneas estén descongestionadas y volver a llamar. Lo mismo para las compras, antes de que internet dejara ayer de funcionar tuve la inteligencia de levantarme a las dos de la mañana para pedir un surtido de comida que con suerte y viento a favor llegará la semana que viene.

Vuelvo a contar. Me queda un kilo de arroz, dos paquetes de fideos, un litro y medio de aceite, dos paquetes de polenta, una conserva y media de tomate, lentejas, ajo, cebollas y papas. Extraño a la feria como a la música que anima a los metros de París. Los feriantes conversando, llenando de olores y colores la calle, hablando de un puesto a otro, sumando un regalo en tu bolso, poniendo una sonrisa de dientes mal trechos en caras de piel curtida.

Bajo al supermercado para sumar algunas frutas a esta dieta seca. El ambiente es denso, hay una discusión que de tan agitada no la entiendo. Espero afuera a que me inviten a entrar, el cajero me mira y me pregunta si tengo dinero en efectivo. Le digo que tengo tarjeta, me mira y señala un cartel pegado en la puerta. “Debido a la falta de conexión a internet se acepta únicamente dinero en efectivo”.

Hasta hace unas horas la consigna era comprar sola y únicamente con tarjeta, el dinero es sucio, los cheques, esa vetusta hojita francesa en la que nadie cree, también. Hablo de la tarjeta de ese banco que gestiona nuestros ingresos, que da cuentas al Estado, que nos presta con intereses y se encarga de ese resto cuando podemos ahorrar. Un frío me recorre el cuerpo, el estómago se esconde tras mis costillas y las piernas se me aflojan. Le digo que ahora vuelvo y me dirijo al cajero, lo intuído se confirma, la pantalla está apagada y las cortinas del banco tocan el suelo.

Mientras tanto Israel firma el control total de los datos privados de sus ciudadanos. Y el resto de los países lo siguen atrás. Snowden nos lo advirtió hace varios años ya. En una cárcel cualquiera Assange va camino a morir y nosotros en un paralelo no tan mediatizado porque nuestra vida vale madre, nos encerraron con una línea directa a un satélite que avisa si salimos de acá.

Vuelvo a casa para pensar con mayor claridad, la mirada al suelo para no llevarme puesta la angustia de los de más. Unas botas embarradas me cortan el camino. Alzo la vista y es un militar grande como una heladera. Tiene la piel muy blanca y los ojos ocultos tras unos lentes Rayban

– ¿Adónde vive usted? ¿Sabe qué está prohibido salir a la calle? La voz encapsulada bajo una máscara FFP2 (N-95).
– Salí para hacer mis compras. Tengo la…Extiende su palma y me interrumpe. Ni siquiera fue necesario que sacara su arma para que me cagara de miedo.
– ¿Y dónde están su comida?
– Es que el cajero no funcio…Me corta nuevamente y me ordena entrar a mi casa. No mira mi atestación y antes de que el papel caiga de mi mano que tiembla sin control señala mi puerta y avanzo.

Tengo la respiración cortita, el aire va de la garganta al pecho ida y vuelva, nada sale, nada entra. Siento su mirada en mi nuca hasta que cierro la puerta, las lágrimas se me caen bajo los lentes de sol. Subo la escalera, entro a casa y me desparramo en el sillón olvidando lavarme las manos. Intento convencerme de que tan solo se trata de una falla momentánea pero mi ángel y mi demonio se baten sin piedad.

Lloro, las manos que tocaron el picaporte de mi casa, el de la puerta de calle, el código del portón, la puerta del supermercado, las teclas del cajero apagado, contienen la secreción de mis ojos, me resfrego, los mocos me corren por los puños de la campera. Y no, no me lavé las manos.

Miro el teléfono y tengo un sms de mamá.

Quiero tomarme el tiempo de responderle con calma, con coherencia, quiero transmitirle que todo va a estar bien aunque no tenga ni idea de qué quiere decir eso. Me sirvo agua con limón, me dirijo al baño, meo y es en ese momentosue miro la cajonera de la pileta y me acuerdo del Alprazolam que Amanda me regaló de cumpleaños. Tomo una pastilla, la trago en seco y vuelvo al comedor.

Respiro, busco el teléfono, me siento y me dispongo a leer cuando veo a un gato blanco del otro lado de la ventana. Lo observo, tiene una mancha negra en la cabeza. Apenas me levanto, se va…Su visita me deja un momento en pausa hasta que recuerdo el mensaje en mi celular.

– Negrita, te escribo antes de que me quede sin batería, desde anoche no tenemos electricidad. Cuidate, te quiere, Mamá.

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