V

*français ci-dessous*

Esta mañana salí muy temprano a hacer deporte, en el bolsillo de la campera llevo el permiso firmado por si me cruzo con un puesto de control. Como desde hace meses subí a la colina pero en vez de seguir las piedras que antaño fueron escalera sentí la imperiosa necesidad de desviarme en el camino y comencé a contornear las ruinas siguiendo las huellas, saltando las rocas, corriendo las plantas.

Del otro lado del camino habitual toca escalar para llegar a la cima, la adrenalina me hizo transpirar y eso me pareció bien para liberar endorfinas. Me pinché con unas ortigas que mañana pienso recoger para hacerlas sopa o té.

Desde arriba el mundo se sigue viendo bien. Al menos este mundo de pueblitos acogidos entre colinas transitables. Espero que pronto terminen o desistan las construcciones y que de un momento a se lleven las grúas que estropean el paisaje.

Esta mañana grité al subirme a la última roca y me reí de mi propia estupidez, no puedo pedir más a mi psique. Pero al bajar el panorama fue diferente, en las cuevas que aún resisten a los achaques del tiempo vi bolsas de basura y no pude evitar entrar. Apenas asomé la cabeza en una de ellas para confirmar que un cuerpo dormía sobre un colchón en el suelo dentro de una bolsa de dormir. Al lado de la cama cigarrillos y una botella de agua. Si me pregunta la armada yo no lo vi.

Esos muros que resistieron a un seísmo en 1909, que son el resto de el único volcán de la zona. Que fueron levantados una y otra vez de la mano de un duque al otro, de un señor a un rey a un presidente, hoy son refugio de la penuria y muestra de una historia que regresa de manera circular.

Incapaces de tocar esa realidad nosotros vivimos a través de la web, en ella trabajamos, nos llamamos, nos vemos, expandimos chistes y noticias falsas, curas para el alma y remedios para el cuerpo que nadie sabe si son verdad. En estos días se dan clases de yoga, de música, de canto o danza. Psicólogos, dietistas y abogados se visten y peinan cada día para pararse en frente a una cámara y servir.

Son las antenas extensiones de nuestros brazos, nuestra mirada en una foto, nuestra filosofía en un video, nuestras necesidades en una publicidad. Somos datos, una fila de 0 y 1 se desordena haciendo cundir el pánico. Nuestra historia se traduce en la combinación infinita de tan solos dos cifras. No precisamos desplazarnos, estamos en todos lados. No necesitamos personalidades, tenemos perfiles. El mundo cambió la corporalidad por la seguridad.

En todo eso estaba pensando esta madrugada cuando llamé a Marck. Dadas las circunstancias me atendió sin demoras aunque aún tenía los ojos pegados. Si bien supe al verlo que iba a demorar un rato en fijar la mirada, preferí ir directo al grano para así saber si podía contar con él o si mejor lo dejaba dormir.

– Tengamos sexo.
-¿Ahora? No sé si estás al tanto pero el gobierno no nos deja juntarnos y en la puerta de mi casa un tanque hace la guardia.
– Hagamoslo por cámara ¿Te despertarte con una erección hoy? Hago una pregunta sin sentido, Marck se despierta siempre con una erección.
– Sí…
– Ok, ¿y qué me harías si me tuvieras al lado?
– Creo que no podría retenerme…
– ¿Retenerte de hacer qué? Contame todo, con lujo de detalles. Lo miro fijo y sé que va a entrar en mi juego, sé que le gusta que lo desafíe y que su erección se ha vuelto más dura desde que comenzamos esta conversación.
– Lo primero que te haría es acercarme con mi lengua y recorrerte la espalda.
.- Ajá…
– Eso sería para comenzar, iría desde tu cuello hasta la punta de tus pies una y otra vez de ida y vuelta. Te prefiero untada donde mis manos se pueden deslisar…¿Te estás tocando?
– Sí.
– ¿Yo me puedo tocar, no? Pregunta como si no supiera la respuesta, de a ratos creo que busca una dominatrix, de a ratos la busco yo.
– Por supuesto. Seguí.
– Te atraparía por atrás, te mordería las nalgas antes de meterme entre tu entrepierna abriéndome paso con mi nariz y mi boca para respirar tu sexo. Mientras con mi lengua juego con tu clítoris con mis dedos busco tu punto g.
– Aja…no puedo decir mucho mientras intento concentrarme, acomodo la cámara para que vea mis movimientos sobre el sillón. Lo siento respirar cada vez más profundo…Le pido que siga.
– A esa altura me gustaría acomodar tus piernas en torno a mi cabeza y levantarte con mis brazos mientras me hundo en tu humedad. Te colgaría de mis hombros mientras mi mano derecha recorre tu pecho y la izquierda se empieza a agitar entrando y saliendo de tu vagina primero con uno, luego con dos y finalmente con tres dedos. Mi rostro entero sumergido en vos.
– Yo ya estoy mojada desde que aceptó mi propuesta pero ahora el flujo es desmedido y empiezo a estirarlo entre mis dedos. Él no lo ve pero le cuento que entre mis dedos nace una tela de araña, si pudiera quedarse congelada sería igual, finita y brillante. Le muestro los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda sosteniendo mi tesoro. Se excita más…y prosigue.
– En un momento dado me detengo, te miro fijo, te beso y mientras muerdo tus tetas hundo mi sexo en el tuyo ya mojado, ya dispuesto.
– No me vé pero sabe que estoy sonriendo. La cámara apunta a mi entrepierna y creo que allí está bien. Simula el ruido que harían nuestros cuerpos golpeándose y ese efecto especial me pone la piel de gallina.
– Creo que en ese momento me gustaría tirarte por los tobillos, que tu cola quede al borde de la cama y darle pequeños golpecitos con mi pelvis parado al borde del colchón hasta volver a penetrarte.
– Me encantaría, respondo. Y eso no es más que la verdad, yo ya tengo los ojos cerrados y desconozco qué es lo que él vé del otro lado de la cámara. Perdí el control de este nuestro film y mientras sus palabras seguían llegándome en forma de caricia, en forma de voz lejana, de mantra, de este lado mis manos se aceleraban, mi respiración se volvía gemido y sin prevenir el cuerpo entero me abandonó en un grito fino que pegó mis huesos al sillón y me dejó los músculos en estado de total inutilidad. No pude menos que reírme antes de abrir los ojos. Allí estaba él del otro lado feliz, satisfecho con esa cara de niño que acaba de hacer una picardía y lo han visto.

Somos los personajes perfectos de una realidad que no supimos esquivar…


Ce matin je suis sortie très tôt pour faire du sport, avec, dans la poche de ma veste, l’attestation signée au cas où je croise un poste de contrôle. Comme je le fais depuis des mois, je suis montée sur la colline, mais au lieu de suivre les pierres qui autrefois formaient un escalier, éprouvant le besoin impérieux de m’écarter du chemin, j’ai commencé à contourner les ruines en suivant les pistes, en sautant les rochers, en courant entre les plantes.

De l’autre côté du chemin habituel il faut escalader pour parvenir au sommet. L’adrénaline m’a fait transpirer et j’ai trouvé que c’était un bon moyen pour libérer les endorphines. Je me suis piquée sur des orties que je pense venir ramasser demain pour me faire de la soupe ou du thé.

D’en haut, on continue à bien voir le monde. Ce monde de petits villages nichés au milieu de collines sur lesquelles on peut se promener. J’espère que bientôt ils termineront ou abandonneront les constructions et que d’un moment à l’autre, ils enlèveront les grues qui gâchent le paysage.

Ce matin j’ai poussé un cri en escaladant la dernière roche, et j’ai ri de ma propre bêtise. Je ne peux pas en demander plus à ma psyché. Mais en descendant, ce fut un autre panorama : devant les grottes qui résistent encore aux ravages du temps, j’ai vu des sacs poubelle et je n’ai pas pu m’empêcher d’entrer. J’ai à peine passé la tête à l’entrée que j’ai vu un corps endormi dans un sac de couchage sur un matelas posé au sol. A côté du lit, des cigarettes et une bouteille d’eau. Si l’armée me demande, je n’ai rien vu.

Ces murs qui ont résisté à un tremblement de terre en 1909 sont ce qui reste de l’unique volcan de la région. Érigés à plusieurs reprises, passés de mains en mains, d’un duc à l’autre, d’un seigneur à un roi à un président, ils sont aujourd’hui le refuge de la pénurie et le témoignage d’une histoire qui tourne en rond.

Incapables d’appréhender cette réalité, nous vivons à travers le web, c’est là que nous travaillons, que nous nous parlons, répandons blagues et fake news, remèdes pour l’âme et traitements pour le corps dont personne ne sait s’ils marchent. Ces derniers jours on y donne des classes de yoga, de musique, de chant ou de danse. Psychologues, diététiciens et avocats s’habillent et se coiffent tous les matins pour s’asseoir en face d’une caméra et assurer leur prestation.

Les antennes sont les extensions de nos bras, notre regard dans une photo, notre philosophie dans une vidéo, nos besoins dans une publicité. Nous sommes des données, une rangée de 0 et de 1 qui se brouille et provoque la panique. Notre histoire se traduit par la combinaison infinie de deux uniques chiffres. Nous n’avons pas besoin de nous déplacer, nous sommes partout. Nous n’avons pas besoin de personnalités, nous avons des profils. Le monde a échangé la corporalité pour la sécurité.

Je pensais à tout ça de matin quand j’ai appelé Marck. Étant donné les circonstances, il m’a répondu avec les yeux encore à moitié fermés. J’avais bien compris en le voyant qu’il lui faudrait un moment pour faire la mise au point, j’ai donc préféré aller droit au but pour savoir si je pouvais compter sur lui ou s’il valait mieux le laisser dormir.

– Faisons l’amour.
– Maintenant ? Je ne sais pas si tu es au courant, mais le gouvernement ne nous permet pas de nous réunir et il y a un char qui monte la garde devant ma porte.
– On peut le faire devant la caméra. Tu t’es réveillé avec une érection ce matin ? Question inutile, Marck se réveille toujours avec une érection.
– Oui…
– Bon, et tu me ferais quoi si j’étais à côté de toi ?
– Je crois que je pourrais pas me retenir…
– Te retenir de faire quoi ? Raconte-moi tout, tout avec les détails.
Je le regarde fixement et je sais qu’il va entrer dans mon jeu, je sais qu’il aime que je le mette au défi et que son érection a durci depuis le début de la conversation.
– La première chose que je te ferais, ce serait m’approcher avec ma langue et parcourir ton dos.
– Aha…
– Ce serait juste le début, j’irai de ta nuque jusqu’à la pointe de tes pieds, encore et encore. Je te préfère bien tartinée pour que mes mains glissent sur ta peau…tu te touches ?
– Oui
– Et moi je peux me toucher, non ? Il demande comme s’il ne connaissait pas la réponse. Par moments j’ai l’impression qu’il cherche une dominatrice, par moments c’est moi qui la cherche.
– Bien sûr. Continue !
– Je t’attraperais par derrière, je te mordrais les fesses avant de me mettre entre tes jambes, je m’ouvrirais un passage avec le nez et la bouche pour respirer ton sexe. Je jouerais avec ton clitoris avec la langue pendant que je chercherais ton point G avec les doigts.
– Aha. Je ne peux pas en dire beaucoup plus pendant que j’essaye de me concentrer, j’ajuste la caméra pour qu’il voie mes mouvements sur le fauteuil. Je sens qu’il respire de plus en plus profond… Je lui demande de continuer.
– Et là j’aimerais installer tes jambes autour de ma tête et te lever dans mes bras pendant que je m’enfoncerais dans ton creux humide. Je t’accrocherais à mes épaules pendant que ma main droite passerait sur tes seins et que la gauche commencerait à s’agiter, entrer et sortir de ton sexe, d’abord avec un puis deux puis trois doigts. Et tout mon visage immergé en toi.
Je suis mouillée depuis qu’il a accepté ma proposition, mais là, le flux est torrentiel et je commence à l’étirer entre mes doigts. Il ne le voit pas mais je lui raconte qu’une toile d’araignée est en train de se former entre mes doigts, si je pouvais la congeler ce serait tout à fait ça, avec des fils très fins et brillants.
Je lui montre le pouce et l’index de ma main droite étirant mon trésor. Il s’excite encore plus…et continue.
– A un moment je m’arrête, je te regarde et je t’embrasse et pendant que je te mords les seins, j’enfonce mon sexe dans le tien, déjà mouillé, déjà ouvert.
Il ne me voit pas mais il sait que je souris. La caméra vise mon entrejambe et je crois que c’est bien comme ça. Il simule le bruit que ferait le choc de nos corps l’un contre l’autre et cet effet spécial me donne la chair de poule.
– Je crois qu’à ce moment là j’aimerais te tirer par les chevilles pour que ton cul reste juste au bord du lit et lui donner des petits coups de bassin, debout au bord du matelas jusqu’à te pénétrer à nouveau.
– J’adorerais ça, je lui réponds. Et c’est la pure vérité, j’ai déjà les yeux fermés et j’ignore ce qu’il voit de l’autre côté de la caméra. J’ai perdu le contrôle de notre film et pendant que ses paroles m’arrivent comme des caresses, comme une voix lointaine, de mon côté mes mains accélèrent le rythme, ma respiration devient gémissement et sans prévenir tout mon corps m’abandonne dans un léger cri qui me colle les os au fauteuil et me laisse avec les muscles complètement hors service. Avant d’ouvrir les yeux, je ne peux pas m’empêcher de rire. Il est là de l’autre côté, heureux, satisfait, avec ce visage de gamin qui vient de faire une bêtise et s’est fait surprendre.

Nous sommes les personnages parfaits d’une réalité que nous n’avons pas su esquiver…

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