Novedad editorial

Extracto de la novéla inédita “Síntoma”, próximamente publicada en versión bilingüe por L’atinoir, Marsella, Francia.

Terminará el encierro pero no la enfermedad.
Se extinguirán los hombres pero no la tierra.
Me inspiro en el cemento de esas poblaciones en alerta,
exiguas en sus platos, soberbias en sus letras.
Los bosques aún me dejan pasar,
la colina allí me espera.
Ahí voy imponiendo mi paso a la quietud,
mi palabra ante el silencio.

Capítulo I

Jamás pensé que sentiría la necesidad de escribir mis memorias a mis 38 años. A esa edad se morían los Charrúas según mi libro de segundo grado. Pero acá estoy yo conmigo misma recluída en un monoambiente repleto de ventanas. Más allá de ellas habita un mundo al que ya no podemos acceder, no sin presentar un justificativo, no sin ser controlados, ya nunca más como ayer.

Cada mañana me despierta el sonido del carrito fumigador. A la misma hora sin falta lo veo pasar frente a mis ventanas que dan al norte, para luego verlo regresar por esas que dan al oeste. El resto de su camino lo ignoro.

Al principio podía adivinar quién lo conducía por el color de sus manos y sus pelos algunos días enrulados, otros días repleto de canas. Pero en los últimas horas solo logro distinguir las luces siempre prendidas del camión. ¿Para qué las querrán en pleno día?
Las manos recluídas en guantes, la respiración vacilando entre los límites de una máscarilla antiviral. En algunas ocasiones, cuando el sol me acompaña sigo sacando un pañuelo verde por la banderola del baño para que recuerden que entre estos muros aún respira gente.

Luego de hacerme el mate cuento la cantidad de víveres, si bien no lo hago cada día tengo la intención de hacerlo dos veces por semana hasta sistematizar mi consumo. A partir de mañana tendré que acostumbrarme al mate más pequeño, ese que estimo de amarrete. De momento me quedan dos kilos de arroz, tres paquetes de fideos, dos litros de aceite, algunos paquetes de polenta, tres conservas de tomate, algunas verduras en buen estado y varios paquetes de lentejas. En lata solo pude conseguir algo de pescado. Tengo velas y tengo fuego, eso está bien. Aunque si la electricidad falla no tendré forma de cocinarme, eso tendría que haberlo previsto desde siempre.

En cuanto a las comunicaciones, la televisión aún funciona y los contenidos de los canales están liberados pero de ellos solo una serie repetida en loop consigue hiptonizarnos hasta quedarnos dormidos lejos de aquellos que fueron nuestros sueños, nuestra idea de futuro.

Me desconozco cada vez que agradezco este momento de sobriedad, hace unos años queríamos ver un mundo refundado con la paleta de Palahniuck y hoy pegamos nuestro aliento a la ventana y pasamos el puño en círculo con tal de conseguir un momento de claridad.

Somos nuestro propio misterio y este sistema suicidario nos cuenta las horas al mismo tiempo que hace sitio para una excepción. Obligados aprendemos algo sobre el tiempo que siempre nos supo suyos aunque tantas veces lo creímos dominar.


Je n’aurai jamais pensé que j’éprouverais le besoin d’écrire mes mémoires à l’âge de 38 ans. D’après mon livre de CE1, c’est à cet âge-là que mouraient les Charrúas. Mais là je suis seule avec moi-même, recluse dans un F1 plein de fenêtres. Et derrière il y a un monde auquel on ne peut déjà plus accéder, pas sans brandir un justificatif, pas sans être contrôlés, un monde qui déjà ne sera plus jamais comme hier.

Chaque matin je suis réveillée par le son du camion de fumigation. À la même heure sans faute je le vois passer devant les fenêtres qui donnent au Nord pour le voir ensuite revenir par celles qui donnent à l’Ouest. J’ignore ce qu’il fait entre les deux.

Au début je pouvais deviner qui était au volant, pour la couleur de ses mains et ses cheveux, selon les jours frisés ou tout blancs. Mais ces dernières heures j’arrive seulement à distinguer les lumières du camion qui sont tout le temps allumées. À quoi ça leur sert en plein jour ?
Les mains enfermées dans des gants, la respiration hésitante derrière un masque antiviral. Parfois, quand le soleil m’accompagne, je continue à sortir un mouchoir vert par la lucarne de la salle de bains pour rappeler qu’il y a encore quelqu’un qui respire entre ces murs.

Je me prépare le maté et puis je fais l’inventaire des provisions, pas tous les jours mais j’ai bien l’intention de le faire deux fois par semaine jusqu’à réussir à rationaliser ma consommation. A partir de demain je devrais m’habituer à utiliser un maté plus petit, un maté de rapiat. Pour l’instant il me reste deux kilos de riz, trois paquets de pâtes, deux litres d’huile, quelques paquets de polenta, trois boites de tomate, quelques légumes en bon état et plusieurs paquets de lentilles. Côté conserves, j’ai seulement pu trouver du poisson. J’ai des bougies et j’ai du feu, ça c’est bien. D’un autre côté si l’électricité vient à manquer je n’aurais pas moyen de cuisiner, et ça j’aurais dû le prévoir dès le début.

Pour ce qui est des communications, la télévision fonctionne encore, et les chaînes diffusent en clair mais nous restons hypnotisés par une série qui passe en boucle jusqu’à nous endormir loin de ce qui a été nos rêves, notre idée du futur.

Chaque fois que je suis reconnaissante de ce moment de sobriété je ne me reconnais pas, il y a quelques années on voulait voir un monde refondé avec la palette de Palahniuck et aujourd’hui on colle notre haleine à la vitre et on y dessine un rond avec le poing pour avoir un moment de clarté.
Nous sommes notre propre mystère et ce système suicidaire nous compte les heures tout en faisant de la place pour une exception. Bien obligés d’apprendre quelque chose sur le temps, le temps qui a toujours su que nous lui appartenions, alors que si souvent nous avons cru pouvoir le dominer.

Texte : Valentina Viettro
Traduction : Stephanie Bernoux 

 

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