Un aborto feliz

En las últimas elecciones mi boleta partidaria tenía la foto del actual presidente uruguayo, encima dibujada una banda presidencial con la consigna: YO ABORTO.

Mi nombre es Valentina, soy periodista a veces, escritora otras veces y sobreviviente, siempre. Tengo 36 años, fui educada en una escuela católica, mis padres son católicos marxistas, (se los juro), y tengo un hermano tres años menor con título universitario. Somos una familia de tipo nuclear con ascensión social por medio del estudio y el trabajo, tremebundo ejemplo, todos menos yo.

Me puedo acordar de las fechas como si fuera hoy, de las horas, los errores, las decisiones y el después. Pasaron ocho años desde entonces, cambié de pelo, de peso, de trabajo, de novio y de país, esa fue la primera y la última vez que estuve embarazada.

Cuando quedé embarazada tenía 28 años recién cumplidos y me había jurado a mi misma no tener hijos, hacía cuatro años que estaba en pareja y en una despedida amorosa luego de unas vacaciones complicadas me dejé llevar por la pasión. Con esto quiero decir que caí en acto idiota de no usar ningún tipo de medio anticonceptivo, dormirme una siesta y creer que todo iba a estar bien. Mis vacaciones fueron en Valizas donde hasta el momento no existe una farmacia y el servicio médico no te brinda la posibilidad de la pastilla del “día después”, así que tras varias cavilaciones volví a Montevideo, bajé del ómnibus y me tomé la bendita pastilla, allí, justo en el límite de su posible efecto.

Era demasiado tarde.

Dos semanas después de la primera vez que no “me cuidé” estaba embarazada. Y pensar que tenía amigas que lo intentaban hacía años. Varios de estos pensamientos daban vueltas en mi cabeza, las chicas que no lo consiguen, la edad que avanza, todos los proyectos que tenía en el tintero, ¿pero si al final igual no los llevaba adelante, no era una doble pérdida? ¿Y mi novio, qué pensaría él? Lo que era cierto era que con mi familia no lo iba a hablar, pero no porque no pudieran entenderme o porque me fueran a censurar. Con ellos no quería hablarlo porque pocos años antes vimos morir a una de las mejores amigas de mi mamá, (una de esas lindas personas que se ganan el título de “tía”), luego de que en la práctica de un aborto clandestino un médico le dejara material quirúrgico dentro y dos hijos huérfanos afuera, pero esa es otra historia.

Recuerdo que al mismo tiempo que la hormona de la felicidad me iba ocupando el cuerpo yo buscaba soluciones para detener mi embarazo, sabía que siendo tan pequeño era menos riesgoso, así que me apuré a buscar, pero no sabía dónde porque en ese momento abortar era ilegal.

Tengo algunos recuerdos que no puedo borrar, recuerdo hablar con un chico que me lo recomendaron porque era activista de la marihuana, un compañero, me decían y su novia trabajaba en un servicio de salud que le permitía conseguir Misoprostol. Hablé con él y no me prometió nada, solo que lo intentaría. Pero me di cuenta que cada vez que lo llamaba me contestaba con evasivas después ya no me volvió a responder y quedó por eso hasta que un me invitó a salir, supongo que ni sabía que yo era yo, aquella que lo llamaba desesperada pero tratando de no molestar. No sé qué le respondí, pero tengo claro que me estaba hablando un muerto.

A los días, supe de una farmacia que vendía Misoprostol sin receta en el barrio Colón. Tenía una compañera de trabajo que ya las había utilizado unas cuatro o cinco veces por lo menos. Al tipo no lo vi, me pidió seis mil pesos, a mi me dolía la indignación, pero aparte, no los tenía.

Seguí buscando y averigué muy fácilmente de una mafia que operaba en Piriápolis que se podía contactar por una casilla de correo electrónico y venían a encontrarte. Los contacté, las vendían a 4500 pesos, pero la indignación era tan grande, ¿darle de comer a estos delincuentes? ¿Cómo sé que me meto dentro de mi cuerpo? ¿Cual es mi garantía? ¿Por qué nadie me quiere ayudar?

Sin saber por qué una tarde decidí escribirle a una muchacha que si bien no era mi amiga, era amiga de amigos. Era alguien que yo veía como ejemplo de libertad, era abiertamente lesbiana, era artista, vivía en una gran ciudad, lo que de ella imaginaba me infundaba un respeto enorme. Ella me puso en contacto con una pareja de amigos médicos que estaban intentando abortar. Los llamé y me contaron que luego de algunos intentos fallidos, de consecuencia varias, lo habían conseguido y les quedaban unas cuantas pastillas. Pasé a verlos y les compré cuatro a precio de costo, creo que fueron 1200 pesos. Además de conseguir un precio que podía pagar, ellos eran paramédicos, así que sus instrucciones fueron muy precisas y se ofrecieron a estar al teléfono si precisaba algo.

Esa tarde con las pastillas en el bolsillo me fui al trabajo, salí antes ni sé con qué excusa y pasé por Tres Cruces a comprar unas cuerdas de guitarra. De repente en un pasillo del shopping vi venir de frente a una chica que hacía años que no veía, capaz que demasiados años, pero la paré, se acordó de mí, se había recibido, era médica, tenía un hijo y su mamá venía algunos pasos atrás. Mientras ella me contaba su presente yo pensaba en su pasado, recordé que a los 18 años abortó, era bastante pobre, estudiaba como podía, tenía un novio jodido y la había pasado horrible. De repente, la corté y le dije, dame un teléfono por favor, necesito hablarte de algo pero no es acá, me tenés que ayudar.

Un día después la llamé.

El día que decidí llevar adelante el aborto tenía en mi casa las pastillas compradas en un sitio seguro, una doctora me las colocaba mientras le explicaba a mi novio como me tenía que controlar y mi embarazo apenas pasaba el mes.

Ya con las pastillas en mí pasé varias horas patas arriba contra la pared, mi novio tocaba la guitarra, de a ratos cantábamos y cada tanto controlaba mi temperatura. Una hora y media después sentí una gran contracción y el cuerpo se me empezó a agitar como si me fuera a dar una convulsión. Empecé a respirar con el vientre, a retener, exhalar y le pedí a él que se fuera. Pocos minutos después una fuente de sangre salía de mí. Miré el water y tiré la cadena, pensé que si así comenzaba el dolor lo que vendría sería peor. Pero pasadas las horas nada sucedió, no tenía dolor, un hilo de sangre muy leve salía de mí y mi temperatura permanecía estable. Pidamos unos chivitos, le dije. Al otro día teníamos la idea de ir al médico pero todo transcurría con tanta tranquilidad que ese día decidimos quedarnos. Miramos películas, nos abrazamos y dormimos sin mayor preocupación.

El domingo estaba decidido, iríamos a hacer un control. ¿Qué les íbamos a decir? Sabíamos de chicas que habían sido denigradas hasta denunciadas por médicos y enfermeras por igual. Al entrar a la consulta no pude hacer otra cosa que seguir mi propia naturaleza, “hola, estoy en la quinta semana de embarazo, hace 48 horas coloqué cuatro pastillas de Misoprostol en mi útero, ya tuve las pérdidas previstas, no hice fiebre, no tengo dolor y quiero hacerme una ecografía para ver si todo va bien”. El médico fue muy práctico, pidió la ecografía y me dijo que si encontraba un resto quedaría internada. Y así fue, esa noche a las cinco de la mañana me hicieron un legrado. A las doce del mediodía del lunes dejamos el sanatorio. En mi trabajo dije que perdí un embarazo, que ni sabía, en la escuela de periodismo hice lo mismo, todos me tuvieron pena, me dieron días libres y todos sin ninguna excepción me dijeron que evidentemente yo formaría una bella familia, que no me tenía que preocupar.

Creo que esta es la historia más “feliz” que conozco respecto a una interrupción voluntaria del embarazo. A mi alrededor surgen imágenes de una amiga sufriendo sola, de otra lesionada de por vida, de otra endeudada por años, de la que salió sangrando escapada del sanatorio mientras el servicio médico la insultaba por puta, de otra que aún sobrelleva la depresión y finalmente de esa que se murió, de esa que vi morir. En todas las historias que conozco hay una marcada ausencia de la figura masculina, porque no estaba, porque no se hizo cargo, porque la culpó, porque luego de eso la dejó o como en mi caso que si bien estaba, nunca opinó. Nunca supe lo que pensaba mi pareja hasta que varios años después cuando ya no estábamos juntos me confesó que él lo hubiera tenido. -Mirá vos-.

A mi lo único que me costó y mucho fue sobreponerme a la realidad de saber que siempre es la mujer la que se jode. De ahí en adelante fui más de una vez a comprar pastillas clandestinas para amigas que no tenían como, para amigas que sobretodo no tenían con quién hablar. Afirmé así la sapiencia de que siempre somos nosotras las burras de carga, en todo sentido, cargamos la culpa o el hijo, cargamos con pastillas que nos salvan de la concepción al mismo tiempo que nos afectan la salud o lo que puede ser peor nos dejan estériles para siempre. Somos nosotras las que frente a un médico no encontramos contención, somos las juzgadas, manipuladas cuál electrodoméstico sin garantías ni explicación, porque no lo merecemos, nuestros cuerpos no merecen explicación. Nuestro dolor es concebido como propio de nuestra naturaleza, como si el juramento hipocrático estuviera basado en la mismísima biblia. Hasta que las cosas pasan y es tarde.

Hace algún domingo, invité a algunas amigas del barrio a almorzar en mi casa. Todas andábamos con problemas, era evidente, nos teníamos que juntar. Recorriendo temas, en una de esas hermosas charlas de mujeres donde se puede hablar de todo al mismo tiempo, donde la cronología de los hechos no es lo más importante a la hora de intercambiar y la reflexión hace sus pausas entre café y café, confirmé que allí todas habíamos abortado. Así como lo confirmé una y otra vez en distintos ambientes, en demasiados. Ese día también volví a confirmar que el camino de la construcción estaba en la comunión de la fuerza femenina. Es en la creación de estas redes que nos vamos a encontrar, que nos vamos a entender, ayudar y salir adelante. Fue aquella tarde que decidí contar mi historia, porque si bien nunca tuve un mango, tuve educación, tuve redes, tuve una feliz forma burguesa de abortar, incluso cuando esto aún era ilegal.

4 comentarios sobre “Un aborto feliz

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  1. Me encanto la historia, pase por una situación parecida y al igual que tu decidí contarlo y escribirlo apenas hace unos meses, no fue fácil, pero es bueno conocer el punto de vista de mujeres que han pasado por lo mismo. En la parte en donde dices “A mi lo único que me costó y mucho fue sobreponerme a la realidad de saber que siempre es la mujer la que se jode” me sentí totalmente identificada, pues también fue una de las cosas más difíciles para mi. Saludos.

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  2. Hola, me gusto leerte, una carta abierta y franca me confirma lo que pienso ahora de este tema, un tema de mujeres unicamente (de momento), un tema que va mas alla del dolor, un tema que necesita una empatia profunda para ser debatida en sociedad, una sociedad que desgraciadamente no abre los oidos y camufla sus decisiones en obsoletos pretextos: religion y valores morales.

    Yo me digo: No es acaso poco moral privar a tantas mujeres de su derecho a la libre decision? a la salud publica?. América Latina no esta preparada para aceptar una realidad cruel y egoista pero gracias a la “liberacion de la palabra” los muros se pueden romper.

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